ALBERT CAMUS O LA VIDA DESPUÉS DEL ABSURDO
Por Nicolás Bontti
“The time is out of joint”
Hamlet, Shakespeare
Se cumplió el 4 de enero pasado medio siglo de la muerte de Albert Camus, enorme literato y filósofo francés de origen argelino, quien nos ha legado una obra enorme, no tanto por su extensión como por las marcas indelebles que ha dejado en la historia de la literatura y del pensamiento. Como todos los grandes escritores, no hubo género literario del que rehuyera, y se destacó como dramaturgo, ensayista y novelista. Retrató de una manera sublime la sensación de vacío existencial que padece el hombre moderno en su novela El extranjero, logrando una pieza incluso superior en belleza y efectividad (me atrevería a decir) a La Náusea de Sartre, uno de esos libros que están más allá del tiempo, y que le valió un Premio Nobel. Su muerte se nos presenta hoy como una triste ironía de la vida, cuando siendo uno de los más grandes pensadores del absurdo, muere absurdamente en un accidente automovilístico cerca de Le Petit-Villeblevin, 160 kilómetros al sur de París, contando apenas 47 años.
Tratar de encasillar la figura de Albert Camus bajo algún rotulo se vuelve una tarea inviable, y la posibilidad de esa vana intención se nos escurre como arena entre los dedos de un puño apretado. Cómo abordar entonces la magnitud de ese fantasma que por estos días sigue generando enconadas discusiones en Francia. Cómo conciliar ese porte de galán cinematográfico con las perturbadoras reflexiones a las cuales dedicó gran parte de su vida, queriendo quizás reconfigurar el repertorio de preguntas que la filosofía no se puede dejar de hacer.
Normalmente se lo inscribe dentro del existencialismo, al igual que a su contemporáneo Sartre. Ambos tuvieron una relación de camaradería, hasta que en la posguerra se distanciaron, a partir de una divergencia sobre la postura que consideraban debía tomar la izquierda y particularmente el partido comunista en aquel contexto, y por la función que debían desempeñar artistas e intelectuales. Sartre convertido al comunismo creía en la superioridad histórica del estalinismo frente al sistema de explotación capitalista, mientras Camus condenaba la falta de libertades y el terrorismo de estado del sistema soviético con igual energía que al sistema antagónico. En rasgos sumamente estilizados, el énfasis principal de esta tradición de pensamiento está puesto justamente en la existencia, desconfiando de cualquier supuesta esencia que la preceda. También ocupa un lugar central la elección individual y la libertad que en ella se expresa. Asimismo, junto a estos elementos aparece la responsabilidad moral que el individuo debe asumir ante cada decisión y acción. Muy en boga allá por las décadas del 60´ y el 70´ en nuestro país, ya quedan pocos exponentes autóctonos de esta gran tradición, y las asignaturas universitarias en ciencias sociales suelen prescindir de contenidos relacionados a la misma, salvo alguna que otra rara excepción.
Normalmente se lo inscribe dentro del existencialismo, al igual que a su contemporáneo Sartre. Ambos tuvieron una relación de camaradería, hasta que en la posguerra se distanciaron, a partir de una divergencia sobre la postura que consideraban debía tomar la izquierda y particularmente el partido comunista en aquel contexto, y por la función que debían desempeñar artistas e intelectuales. Sartre convertido al comunismo creía en la superioridad histórica del estalinismo frente al sistema de explotación capitalista, mientras Camus condenaba la falta de libertades y el terrorismo de estado del sistema soviético con igual energía que al sistema antagónico. En rasgos sumamente estilizados, el énfasis principal de esta tradición de pensamiento está puesto justamente en la existencia, desconfiando de cualquier supuesta esencia que la preceda. También ocupa un lugar central la elección individual y la libertad que en ella se expresa. Asimismo, junto a estos elementos aparece la responsabilidad moral que el individuo debe asumir ante cada decisión y acción. Muy en boga allá por las décadas del 60´ y el 70´ en nuestro país, ya quedan pocos exponentes autóctonos de esta gran tradición, y las asignaturas universitarias en ciencias sociales suelen prescindir de contenidos relacionados a la misma, salvo alguna que otra rara excepción.
En su maestría al servicio de la denuncia de una época irracional, Camus indagó en las profundidades que caracterizan esa culpabilidad histórica, y en la capacidad de decir “no” que todo buen rebelde debe tener. En su texto de 1951, El hombre rebelde, señala que la rebelión, como forma genérica, se hace contra la mentira y la opresión, otorgándole de esta manera legitimidad y posicionándola como necesaria en el devenir histórico. Y ese devenir en Camus era eso, constante acontecer, continuidad en la contingencia, y no un desarrollo teleológico con una meta predeterminada, a la manera de Hegel, Marx, o incluso (y da vergüenza ponerlos un momento en el mismo escalón) Fukuyama. Sostiene allí que el hombre, en su mayor esfuerzo, no puede sino proponerse la disminución del dolor del mundo, pero como buen lector de la obra de Dostoievski, reconoce la problemática moral que indica que la injusticia y el sometimiento siempre subsistirán, con lo cual se deduce que el arte y la rebelión no morirán sino con el último hombre, ya que son las únicas alternativas conscientes que posee para seguir adelante con su vida.
Pero detengámonos un momento en su primer ensayo de 1942, el Mito de Sísifo, que resulta revelador de problemáticas nodales de su obra y que tempranamente exhibe la profundidad de los análisis que lo caracterizarían. En el mito, los dioses habían condenado a Sísifo a empujar indefinidamente una gran roca hasta la cima de una montaña, desde donde la piedra volvía a caer por su propio peso. Habían pensando que no hay castigo más terrible que el trabajo inútil y sin esperanza. Sísifo fue entonces el hombre absurdo que Camus tomó de la mitología para pensarlo como metáfora del hombre moderno, como ese proletario que deja su vida en la generación de plusvalía y en la reproducción de una vida miserable. Esa situación que Prévert supo retratar en su poesía con inolvidables frescos de vida, con abrumadoras expresiones de una realidad que enciende la mecha de los eternamente oprimidos.
Así es como Camus toma al absurdo como punto de partida, no como diagnóstico final después de pensar las condiciones de vida de una época, con lo cual la pregunta sobre el sentido de la existencia no se haría esperar demasiado. Así comienza el texto: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. Juzgar que la vida vale o no la pena de que se la viva es responder a la pregunta fundamental de la filosofía. Las demás, si el mundo tiene tres dimensiones, si el espíritu tiene nueve o doce categorías vienen a continuación”. Lo que Camus dirá entonces es que existe una brecha irreconciliable entre la necesidad de certeza y de absoluto que tiene el hombre, y lo bizarro e incongruente que se presenta el mundo. Ante esa disociación, la existencia se torna irremediablemente absurda. Pero si allí es donde estamos, sería demasiado perturbador quedarnos sólo con el diagnóstico. Por eso no se detendrá, y reflexionará sobre los escapes que el hombre se ha procurado ante esa situación, sobre si tiene sentido cargar con ese tremendo peso sobre nuestras espaldas.
Por supuesto no desconoce el rol apaciguador que en numerosas almas siempre ha tenido la religión ante este tipo de diagnósticos, y en general todos aquellos credos que han hablado de una vida después de la vida, de una eternidad tranquilizadora. ¿Pero qué les queda a los que no conocen Dios alguno? El sufrimiento gasta la esperanza y la fe y se queda en solitario en este mundo. Dirá Camus: “Las multitudes de trabajadores, cansados de sufrir y morir, son multitudes sin Dios” . ¿Qué hacer entonces con este panorama desolador? ¿Qué posibilidad tendríamos de transformar la existencia en una experiencia tolerable?
Tampoco dejará descansar Camus al materialismo histórico, y le recriminará el carácter que tendrá en común con la fe, en el sentido de que se debe esperar a futuro para que se resuelvan los problemas de aquellos que sufren en el presente. El marxismo, y más concretamente el cristianismo histórico, dejarían entonces para más adelante la curación del malestar que el hombre moderno padece en su cotidianeidad. Allí sería entonces donde aparece el movimiento más puro de la rebelión, encarnado en la figura agónica de Iván Karamazov. La rebelión así muestra que es el movimiento puro de la vida y que no se puede negarla sin renunciar a vivir. El grito de Camus, que retoma y reinterpreta el del héroe de Dostoievski, es digno de aquel que ya no cree en las caras de infinitas mejillas, que podían resistir infinitos embates y cachetazos en pos de un devenir ultraterreno que nos condena a la sumisión mundana. La rebelión, en definitiva, podrá como mínimo enfrentar esta situación, podrá empezar a pensar el presente como premisa necesaria en la construcción de un porvenir, y no a viceversa.
Pero volviendo a la metáfora de Sísifo, lo que a Camus le interesa es el hombre que cuando ve la piedra rodar cuesta abajo, transita nuevamente el camino, disfrutando tal vez del descanso momentáneo y de la pendiente a favor. Es el hombre que entiende que el absurdo y la dicha son condiciones inseparables de la vida, y que es a partir de esa combinación que se debe enfrentar la existencia, siendo el reconocimiento de esa pareja lo que marca el compromiso de un verdadero intelectual. Camus nos invita de esta manera a compartir una rebelión metafísica, a confrontarnos permanentemente con nuestra propia oscuridad, pidiéndonos transparencia hasta el punto de lo imposible, poniendo al mundo en duda en cada una de sus instancias.
Esa rebelión metafísica extiende la conciencia a todo lo largo y lo ancho de nuestra existencia. De la existencia de los que somos, de nuestra condición de seres perecederos que padecen un mundo irracional, pero que siguen viviendo, obstinadamente, sin fe y sin certeza alguna de mundos ulteriores. Porque esa es la condición del hombre en Camus, hombre que se piensa en situación, y no en proyección por fuera de su esencia humana. En sus propias palabras: “Esta rebelión es la seguridad de un destino aplastante, menos la resignación que debería acompañarla” . Y aquí es donde empieza a vislumbrarse la solución al aparente dilema que plantea en relación a la situación existencial del hombre moderno, porque las verdades más opresivas de alguna manera perecen al ser reconocidas. Y así es como llega a reinterpretar el mito clásico al cual nos referíamos. Se imagina a Sísifo al pie de la montaña, reencontrándose con su carga, enseñando la fidelidad superior que niega a los dioses y empuja la roca. Imagina, a su vez, que el esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar el corazón de un hombre. Camus se imagina a Sísifo dichoso, haciéndole frente a la vida.
Vale entonces la pena que la vida sea vivida. Entendemos así que para los hombres sin religión, esbozar una mueca ante lo absurdo se presenta como una alternativa momentánea, inteligente, para organizar y procesar nuestra condición de rebeldes sin fe. Nos queda la invitación a agotar el campo de lo posible, a persistir obstinadamente en no perecer antes de que la batalla de nuestras vidas haya tenido lugar. Batalla del día a día sin la cual, ahora sí, la vida no tendría sentido.



1 comentario:
Me gusto mucho el articulo!
Me parecio genial la aproximacion hacia el autor. Permite entusiasmarse y dan ganas de leerlo.
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