domingo, 8 de agosto de 2010


POLÍTICA, ECONOMIA Y BIEN COMÚN


Por Nicolás Bontti


La concepción hegemónica en las discusiones económicas señala al mercado como mecanismo eficiente en la asignación de recursos en la sociedad (siempre escasos a decir de cualquier manual de economía), evitando dar señales de “debilidad” hacia el mundo de la política, compañera, sin embargo, de una dualidad inevitable que el mainstream de la Academia se ha empeñado sistemáticamente en negar durante las últimas décadas.

En períodos de crisis económica, donde claramente se evidencian (se vuelven a poner en evidencia) las falencias que exhibe el mercado librado a sus propias tempestades, suele aceptarse el rol interventor del Estado como contrapeso político de los desequilibrios económicos. Por estos días acontece una situación por el estilo. Habiendo cedido en intensidad la influencia del paradigma neoliberal a causa de las desastrosas consecuencias producidas por este tipo de recetas en una gran cantidad de países del globo, se vuelve a conceder a la política un margen de maniobra para compensar la tan celebrada “libertad de mercado”.

Así es como se vuelve a la necesidad de recuperar el mercado en su integridad, considerando su dimensión política, buscando hacer estallar las esferas aisladas en las cuales se quería circunscribir a cada uno de estos ámbitos. Pero qué sería un mercado y, en todo caso, cuáles son las lógicas que dominan su funcionamiento en las sociedades modernas. Es importante no dar esta discusión por cerrada.

En su ya clásica Política, Aristóteles, históricamente distante de los mercados modernos, supo entrever las tensiones nodales que habitan al interior de la organización económica de una sociedad, y planteo así la existencia de diferentes tipos de mercados, con lógicas de funcionamiento a la vez complementarias y contradictorias. De esta manera, identificó la existencia de una dualidad presente en el mundo económico entre un “mercado doméstico” y un “mercado crematístico”. Sobre el primero afirma: “(…) existe una especie de arte adquisitivo que por naturaleza es parte de la administración doméstica. Es lo que bien le debe procurar o facilitarle que ella misma se procure, aquellas cosas cuya provisión es indispensable para la vida y útil a la comunidad de la ciudad o de la casa”. Pero, advierte a su vez, “(…) existe otro tipo de arte adquisitivo, y es apropiado llamarlo así, crematística, por el cual parece que no existe límite alguno a la riqueza ni a la propiedad”.

De esta forma, el filósofo griego realiza un llamado de atención, hace bastante más de 2.000 años, en relación a la pretendida eficiencia del mercado como mecanismo asignador de recursos al interior de la sociedad, poniendo en evidencia la complejidad que representa la voluntad ilimitada de acaparamiento que pueden desarrollar los individuos que interactúan al interior del mundo de la crematística, lo cual podría hacer peligrar la subsistencia de los mercados domésticos.

La ciencia económica que dominó las discusiones a nivel internacional durante los últimos 30 años también persigue, como el filósofo griego, el bien común, pero lo define de otro modo, lo cual no es una cuestión menor. Para esta ciencia, la racionalidad individual que llevaría, a nivel agregado, a la acumulación, redundaría en un mayor bienestar social a través del acrecentamiento general de las riquezas. Pero esta situación no hace más que manifestar un tipo de moral, que no ha sido ni es la única que existe. Lo colectivo es lo verdaderamente emparentado con el bien común, y en la actualidad, como en la antigua Grecia, eso se vincula con lo público, que debe contener las ansias ilimitadas de acumulación privada. Hoy algunos lo llaman “redistribución”, o “regulación estatal de la economía”.

El Estado debe, por un lado, garantizar la reproducción social de los individuos, y por otro, ser respaldo legal e institucional de la reproducción de los mercados (y de la emisión de las monedas). Cómo se define esta contradicción, cuáles son los posibles puntos de contacto entre esos dos ámbitos, son cuestiones que tarde o temprano vuelven a ponerse sobre el tapete por inevitables, por la imposibilidad de negar la política en nombre del mercado. Sin pretender dar una solución definitiva a esta tensión, resulta claro que el mantenimiento o la superación de ese equilibrio inestable tiene que ver con el ejercicio del arte supremo: la política.

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