viernes, 6 de agosto de 2010


EL IMPERIO DE LO ESTRIADO


Por Nicolás Bontti


Cualquier indagación analítica en relación a la figura del Estado moderno, y de las relaciones (necesariamente asimétricas) entre los diversos Estados, nos plantea en primer término la necesidad de conceptualizar esta figura.

Una larga tradición de filosofía política, que se remonta a la antigua Grecia, ha intentado definir la especificidad y las funciones que debería desarrollar un Estado como construcción de poder encargada de regular las relaciones sociales. Es allí de hecho donde podemos situar el período de génesis embrionaria del Estado moderno, el lugar donde reconocemos los primeros rasgos distintivos de una modalidad específica de intervención político-institucional en lo social, la cual se fue metamorfoseando al calor de la historia, fue regulando y recodificando el acontecer social, fue redefiniendo las líneas de escape contestatarias que se contraponían a ese encasillamiento de la vida política, fue acotando finalmente la diversidad de experiencias en función de una voluntad política determinada que se imponía. Deleuze y Guattari (DYG en adelante), sostienen en relación a este período: “A partir de la ciudad griega y de la reforma de Clístenes, aparece un espacio político homogéneo e isótopo que va a sobrecodificar los segmentos de linajes, al tiempo que los distintos núcleos se ponen a resonar en un centro que actúa como denominador común” .

Claro que no es lo mismo hablar de una ciudad-estado griega que pensar las constituciones políticas características de la modernidad en occidente, pero lo cierto es que se asemejan en el intento de regular lo social, de oponer una construcción que estría lo liso del devenir social, sobrecodificándolo. En este sentido, toda forma de Estado impone una “segmentarización” al cuerpo social: “El Estado no sólo se ejerce en los segmentos que mantiene o deja subsistir, sino que posee en sí mismo su propia segmentaridad, y la impone”; y más adelante “(…) diríase que la vida moderna no ha suprimido la segmentaridad, sino que, por el contrario, la ha especialmente endurecido” .

Así es cómo, según DYG, el aparato de Estado moderno tenderá a identificarse con una axiomática específica que buscará redefinir los flujos políticos que escapen de sus causes institucionales, en el marco de un contexto nacional específico, redoblando los esfuerzos desarrollados en el período embrionario, ante el reflujo creciente de energías políticas que no dejan de escaparse a las reterritorializaciones ensayadas desde el poder público: la proliferación de un rizoma. Esto se plantea como necesario al Estado moderno debido a que nos encontramos ante un mundo político infinitamente más complejo al de la antigua Grecia, donde el movimiento natural del Estado en pos de su autoreproducción tiende a trascender los límites territoriales de las naciones, en una carrera de paranoia y desenfreno para definir lo que es válido y aceptable en términos de una convivencia internacional de las naciones y aquello que no lo es. Una carrera que, como todas, contará con un ganador y varios perdedores: el Imperio y las energías contrapuestas que suscita en la búsqueda de autodeterminaciones nacionales.

En función de estas conceptualizaciones, es que podemos entender la relación histórica que han mantenido los Estados Unidos, como líder hegemónico global, con las naciones latinoamericanas. Por supuesto que cada Estado nacional cuenta con sus propios recursos y con una axiomática en pos de la definición de lo social, de la recodificación de las líneas de fuga que actúan como equilibrantes del poder central: un aparato de contención ante la constante e inevitable reproducción de energías que se le contraponen. Sin embargo, Estados Unidos como principal potencia mundial se ha encontrado sistemáticamente bajo la necesidad de intervenir en la política doméstica de las naciones latinoamericanas, a través de diversos mecanismos (financiamiento del terrorismo de Estado; actuación mancomunada con los organismos internacionales de crédito para promover un endeudamiento de las naciones latinoamericanas que le permita ejercer su influencia en la determinación de la política económica de cada país; control de las diferencias políticas con otras naciones desestimándolas en términos de un maniqueísmo de “amigos o populistas” que la prensa internacional, salvo raras excepciones, suele adoptar; entre otros aspectos).

En las sucesivas intervenciones históricas de los distintos gobiernos norteamericanos, una vez constituido este país como potencia mundial a partir de la segunda posguerra (y más notoriamente a partir de la caída del muro en el 89´), lo que se busca consolidar es fundamentalmente la supervivencia del capitalismo a nivel internacional, movimiento que tiende a reproducir las desigualdades entre el líder hegemónico global y las naciones periféricas, promoviendo asimismo la exacerbación del despliegue axiomático y de recursos materiales tendientes a reubicar y recodificar el rol que cada nación debería asumir en la división internacional del trabajo (lo cual representaría una negación implícita de la teoría de las ventajas comparativas ricardiana, ante la imposibilidad de la existencia de un beneficio económico mutuo resultante de las relaciones económicas entre el centro y la periferia). Al respecto, DYG afirman: “(…) la nación coincide con la operación de una subjetivación colectiva, a la que corresponde el Estado moderno como proceso de sujeción. Bajo esta forma de Estado-nación, con todas las diversidades posibles, el Estado deviene modelo de realización para la axiomática capitalista. Lo que de ningún modo quiere decir que las naciones sean apariencias o fenómenos ideológicos, sino, por el contrario, las formas vivas y pasionales en las que se realizan fundamentalmente la homogeneidad cualitativa y la competencia cuantitativa del capital abstracto” . De esta afirmación se podría deducir que la heterogeneidad cualitativa propia de las naciones y las posibles restricciones que éstas puedan plantear a los movimientos del capital internacional contradicen la axiomática capitalista y cuestionan fuertemente los mecanismos de autoreproducción de esta relación amo-esclavo. Esta sería la dirección que deberían seguir los estados latinoamericanos, comenzando algunos y continuando otros una línea de fuga que escape a los resortes imperiales y enfatice la autonomía estatal de las diversas naciones en la definición de sus propios códigos de convivencia.

Los conflictos de nacionalidad, los movimientos de las minorías (étnicas, de género, religiosas, de condición socioeconómica) y los diversos flujos energéticos contemporáneos que se contraponen a la sobredeterminación imperial son, efectivamente, escapes, líneas de fuga. A decir de los autores, estas minorías no tienen que ver con una cuestión numérica, de cantidades, sino con el acoplamiento o no a un patrón que define lo social, lo moldea, lo estría (devenir hombre adulto, devenir propietario, devenir aliado del imperio).

El nuevo milenio ha traído consigo importantes cambios de aire en la política latinoamericana, ante la necesidad impostergable de revertir las desastrosas consecuencias producidas por la adopción del dogma neoliberal en gran cantidad de países de la región. Este nuevo movimiento latinoamericano (si bien no se trata de un bloque monolítico), ha dado un viraje fundamental, tratando de recuperar progresivamente cuotas de autonomía estatal ante los intentos de avasallamiento del país del norte. Devenir minoría podría significar, en este contexto, devenir latinoamericano, construyendo desde las diversidades nacionales una identidad contestataria a los esquemas discursivos del poder internacional, paradigmáticamente representado por Estados Unidos. Quedará por su puesto ver como evolucionan los diversos procesos políticos en estos países, y no es aquí nuestra intención realizar un ejercicio contrafáctico, pero lo cierto es que se ha avanzado en este movimiento por la autodeterminación y que en la medida que allí se pongan las fuerzas Latinoamérica toda tendrá mayor capacidad a la hora de definir que es lo que quiere ser.

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