ARTURO JAURETCHE Y EL PENSAMIENTO NACIONAL
Por Nicolás Bontti
"Les he dicho todo esto
pero pienso que pa´nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos:
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada."
pero pienso que pa´nada,
porque a la gente azonzada
no la curan con consejos:
cuando muere el zonzo viejo
queda la zonza preñada."
(Arturo Jauretche, El Paso de los Libres, 1934.)
108 años se acaban de cumplir del natalicio de Arturo Jauretche, notable político y ensayista argentino, fallecido en 1974. Originalmente afiliado al partido radical en su vertiente personalista, vio en la experiencia yrigoyenista un proyecto que podía posibilitar la dignificación de los sectores populares, ampliamente marginados por entonces de la vida política y económica de nuestro país. Participó en combates armados contra la dictadura que destituyó a Yrigoyen en 1930, y tras un alzamiento que tuvo lugar en Corrientes en 1933, fue encarcelado. Un año después, cuando el radicalismo decide suspender la abstención electoral a través de la cual configuraba su estrategia política, Jauretche se alejó del partido y conformó, junto a personalidades de la talla de Raúl Scalabrini Ortiz, Homero Manzi y Luis Dellapiane, la fuerza política FORJA. Finalmente, adhirió al peronismo desde una perspectiva crítica (la cual nunca dejó de lado), fundamentalmente por el énfasis puesto por ese gobierno en la necesidad de promover un desarrollo industrial que permitiera salir al país del cuello de botella económico caracterizado como el modelo de stop & go, producto del perfil agroexportador de Argentina.
Con la llegada del peronismo, FORJA fue disuelta en febrero de 1946, por considerar que Perón había inaugurado una verdadera política nacional de reivindicación de nuestra soberanía en oposición al capitalismo internacional, lo cual representaba una de las principales banderas de la organización. Por esta razón, Jauretche consideró que más valía unir fuerzas por un objetivo común, que plantear una lucha política que hubiera sido inexistente, ante la coincidencia de las plataformas. Durante el gobierno peronista fue Director del Banco de la Provincia de Buenos Aires (1946-1950), desde donde promovió una política de apoyo al empresariado nacional. Renunció en 1950 por disidencias con el nuevo equipo económico de Perón y se retiró a la vida privada. Reapareció en 1955, para desde la prensa y el ensayo defender la década peronista una vez instalada la autodenominada “revolución libertadora”.
Amén de sus diversas filiaciones políticas, una primera aproximación a su obra crítica nos permite identificar un registro literario un tanto marginado en los últimos tiempos: el ensayo. La preeminencia que éste adquirió entre las décadas del 30´ y el 50´ del siglo pasado en nuestro país, se vio luego opacada por la presencia de un creciente cientificismo en la reflexión política y sociológica, el cual tuvo como hito la creación de la carrera de Sociología en la Universidad de Buenos Aires en 1957, de la mano del italiano Gino Germani. Desde su conducción universitaria, se logró imponer un paradigma que negó la importancia de la producción ensayística, la cual fue tildada como especulativa y anti-científica, básicamente por no ajustarse a los parámetros académicos de las ciencias sociales norteamericanas.
Sin embargo, el ensayo actualmente muestra una cierta revitalización, de la mano de producciones que intentan rescatarlo, alejando la reflexión socio-política de los esquemas cuadriculados y prefabricados por la Academia globalizada. En Jauretche hoy se reconoce un representante paradigmático de lo que se ha denominado como la tradición del “ensayismo social argentino”, habiéndose propuesto pensar desde su condición de argentino, estando atento a nuestros propios problemas y no a los importados de las naciones extranjeras.
En su ya hoy célebre Manual de Zonceras Argentinas, describe minuciosamente diversos principios que fueron introducidos en nuestra formación intelectual desde nuestra primera infancia, con la apariencia de axiomas, para de esta forma impedirnos pensar los problemas argentinos desde el buen sentido común. Gracias a este repertorio de “lugares comunes”, nos hemos visto condenados a repetir casi involuntariamente una serie de enunciados relacionados a la política, la economía, la historia y la geografía nacionales, poniendo históricamente de manifiesto una salida fácil e irreflexiva ante cuestiones fundamentales del acontecer nacional. La zoncera como tal, sólo es viable si no se la cuestiona, y contra ella arremeterá Jauretche, a través de una crítica lúcida y mordaz. De esta manera, sostiene que los argentinos deben intentar desenredar esa madeja de pensamientos muertos, de cliches, para poder así reflexionar criteriosamente sobre nuestra historia y nuestra actualidad como país.
Esta tarea nos obliga a indagar en el surgimiento histórico de esa suerte de anteojeras con las que los hombres del poder han logrado hacernos ver, a través de innumerables ficciones respaldadas por el prestigio de quienes las fueron pregonando. En realidad, lo que hay que decir es que, históricamente, nuestro país se detuvo a pensar (desde la academia, la prensa, y los diferentes órganos de la sociedad civil), a través de esquemas de pensamiento importados, sin reparar en las diferencias contextuales que son inevitables en la contingencia histórica de cada país. Así es como denuncia Jauretche la colonización pedagógica a la que fueron sometidas nuestras capas de intelectuales y la dominación cultural que ellos promovieron, como administradores del imperialismo que sometió (y podemos decir, aún somete) a nuestra nación. En sus propias palabras: “Tampoco son zonzos congénitos los difusores de la pedagogía colonialista. Muchos son excesivamente "vivos" porque ése es su oficio y conocen perfectamente los fines de las zonceras que administran (…)” (Manual de Zonceras Argentinas, 1968).
Pero detengámonos un momento en la zoncera madre de todas las zonceras: la que esbozara Sarmiento a través de su pensamiento, reflejada en la dicotomía entre civilización y la barbarie. Jauretche es contundente al respecto: "La idea no fue desarrollar América según América, incorporando los elementos de la civilización moderna; enriquecer la cultura propia con el aporte externo asimilado, como quien abona el terreno donde crece el árbol. Se intentó crear Europa en América trasplantando el árbol y destruyendo lo indígena que podía ser obstáculo al mismo para su crecimiento según Europa y no según América". (Los profetas del odio y la yapa, 1975). Esta zoncera tuvo un poder expansivo notable, y sirvió de modelo reflexivo a generaciones enteras de intelectuales, alejándonos por esta razón del tratamiento de nuestros problemas como argentinos.
La oligarquía nacional profesó una fe incondicional por esta zoncera, y la asoció al ideal de progreso económico que no hizo más que posicionarnos en el mercado internacional como un país dependiente, impidiendo el desarrollo nacional que con toda seguridad hubiera sido posible de pensar nuestra realidad de otra manera. Es la historia de nuestro interminable atraso económico, producto del modelo agroexportador y de su vigencia en el tiempo, el cual ató nuestras posibilidades de desarrollo al inevitable vaivén de los precios internacionales de los productos agrícolas y a los factores climáticos. Una vez más uno se ve tentado a pensar en Jauretche como un profeta de nuestra historia, ya que sus denuncias contínuamente se reafirman como impedimentos estructurales para el despegue de nuestro país. Un claro ejemplo de esto se ve en la creciente “reprimarización” a lo que se ha visto expuesta nuestra economía en los últimos tiempos, profundizando de esta manera la dependencia respecto de las fluctuaciones del comercio internacional.
Jauretche denuncia sistemáticamente la negación de nuestra cultura como hecho preexistente ante las novedades provenientes del exterior. Sostuvo que todo acontecimiento propio, por la sola razón de serlo, fue considerado como bárbaro, y todo lo ajeno, por lo mismo, fue tenido por civilizado. Civilizar, entonces, consistió en desnacionalizar. De esta forma, vemos una crítica militante en Jauretche, la cual busca desenmascarar las formas eminentemente culturales de la dominación, para así dejar nacer las manifestaciones de lo nacional. En este sentido, debemos marcar lo consecuente que siempre fue con su pensamiento, ya que nunca abandonó la lucha en el campo de las ideas, aquella lenta y penosa guerra de trincheras que mencionara Gramsci, en términos sorprendentemente similares. Desde aquí debe comenzarse la batalla, la lenta procesión que nos verá librarnos de la opresión externa desplegando las fuerzas de nuestra propia cultura. Sólo desde aquí será posible que algún día lleguemos a decir que no somos más colonia. De esta forma, explorar e interpelar nuestro sentido común, que no siempre es algo tan “común”, podría allanar el camino de una mayor libertad para repensar nuestro devenir histórico como país.
Asimismo, levantó su voz contra la ficción jurídica que nos permitía creernos una nación independiente y soberana. El status político que le correspondía a nuestro país era en realidad el de semi-colonia, ya que a pesar de contar con un gobierno propio (sea cual fuere su signo político), era dominado por élites políticas y culturales que representaban y reproducían los intereses de otras naciones. Supo de esta manera leer las modificaciones que se iban realizando en el modus operandi del colonialismo tardío. Para aquel entonces, ya no se dominaba a los países del nuevo mundo a través del gobierno directo de la metrópoli, sino a través del sutil control ideológico, gestionado y hecho efectivo por la intelligentzia, esos mercenarios de las ideas que servían (y aún sirven) al mejor postor extranjero. Un agravante más de esta situación, advertirá Jauretche, se da por el hecho de que, en determinado grado de su evolución, las ideas se convierten en fuerza material, lo que implica que la dominación cultural de un país allana el camino a su sometimiento económico.
Don Arturo murió el día de la patria, un 25 de mayo, pero su pensamiento mantiene una vigencia notable, como lo hemos intentado demostrar a través de nuestro breve recorrido. Lo recordamos como el profeta de una actualidad que no nos permite dejar de pensar en él. Como todos los grandes, demanda ser leído y releído.

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